El señor

guayabera1

El señor no podía tolerar siquiera una diminuta mancha en sus ropas. Le atacaba una obsesión enfermiza al notar, por ejemplo, que la blancura de una camisa había sido violada por una gota de café, de vino, de grasa, o de cualquier otro líquido que dejara su huella sobre sus ropas. Esto le resultaba, a él que siempre perseguía una existencia inmaculada, una situación inaceptable contra la que tenía que combatir resueltamente. Pues bien, este hombre, meticuloso en extremo, y aunque parezca improbable, estaba casado. Su mujer, cocinera en un restorán de mala muerte y peor clientela, lo engañaba con un borracho de la calle Obispo. El señor, hombre sin pasiones, no amaba a su esposa, pero como era un tipo tradicional, de los que comprenden las ventajas del matrimonio, se sentía muy a gusto en aquella familiaridad artificial que había creado; no tenían hijos, por supuesto. Ninguno de los dos quería tener familia. El, porque los niños ensucian mucho y crean desorden. Ella, porque no lo amaba a él y preferiría tener hijos con el borracho.

Con el tiempo, las relaciones de la señora con su amante se hicieron sólidas. Una tarde de domingo, antes de que el señor y su esposa salieran de la casa para hacer una acostumbrada visita dominical, la señora, con una resolución digna de envidia y que es común en las mujeres en tales casos, preparó un poco de café, lo vertió en una taza, y con un gotero le dejó caer tres gotas de cianuro. Luego, sin que el señor lo notara, derramó una gota de café envenado en el bolsillo superior derecho de la guayabera blanca, la usual en estas tradicionales salidas de domingo. Ya estaban en la calle, caminando bajo el impertinente sol del trópico, cuando el señor descubrió la mácula en su guayabera. Como era medio cegato, al principio la confundió con una mosca. Pero al tratar de espantar lo que creyó era un insecto, notó alarmado que era una inaceptable mancha de café. Miró a su esposa; ella levantó los hombros y lo miró con una cara digna de ser conservada como el modelo inmejorable de la inocencia. El señor empezó a sentirse molesto, los ojos le ardían, la nariz le picaba, la boca le babeaba. Se detuvo. Se sentó en la acera. Su mujer lo observaba ansiosa. El señor se decidió al fin. Con la abundante saliva que fluía de su boca, trató de borrar la mancha. Una y otra vez mojaba el dedo en la lengua y lo pasaba por el bolsillo manchado. De pronto sintió que se ahogaba. Se tendió sobre el suelo. Su mujer lo miraba con más curiosidad que temor. Dejó de moverse. Estaba muerto. La mancha había desaparecido.

© Ernesto González, 2009

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