Fuego al amanecer

 fuego

Desde Suiza, otra colaboración del Beno. Las fotos que acompañan el post también son suyas.

 

Mi periplo por las montañas al norte de Chiang Mai comenzó en territorio Hmong. Los Hmong, a diferencia de los Karen, no son originarios de Tailandia. Pueblos esencialmente nómadas, vinieron de China, de Laos y de Viet Nam. Las lujuriantes colinas tailandesas, similares a las de su hábitat primero, los indujeron seguramente a establecerse allí.

En la mañana llegué a un poblado de Hmong blancos (esta denominación no tiene nada que ver con la piel, sino con el color predominante en sus vestidos, aunque en realidad éstos sean muy coloridos). Son budistas y cultivadores de flores, sobre todo crisantemos y otras cuyo nombre mi incultura botánica me impide mencionar. El rey de Tailandia, omnipresente, los había “estimulado” a esta actividad para arrancarlos a su práctica ancestral: el cultivo de la adormidera y la consiguiente producción de opio. Me recibieron sonrientes pero a la expectativa. Constaté con asombro la presencia de poderosos pick-up delante de cada cabaña y de enormes parabólicas en cada jardín. Les pregunté entonces si los crisantemos eran un negocio tan rentable. Las sonrisas se hicieron aún más herméticas.

Al anochecer llegué a otro caserío Hmong. Estos eran los llamados “negros” o “azules” por la misma razón. Animistas, son adoradores de los antepasados y de la naturaleza. Más modestos que los precedentes, me brindaron sin embargo con amabilidad su cena cotidiana de hierbas amargas, raíces salvajes y arroz de montaña. Después del refinamiento Tai y antes de la delicadeza Karen que aún no conocía, esa comida fue como retornar a la cocina de los orígenes.

Hice mi lecho en el único espacio disponible: una habitación que servía de salón durante el día y por la noche como almacén de flores (las llevan al mercado al amanecer). Hacía frío, y el aire olía a una mezcla de pradera y cementerio. La inevitable gentileza criolla me había hecho ofrecerle mi colcha de lana a la dama que me acompañaba; el piso helado entabló un diálogo vibrante con mis riñones. Gritaban tanto que me levanté a tomar el fresco a las cuatro de la mañana.

Ya ellos estaban levantados. Por una hendija en la cocina (que es una cabaña separada del resto) escuché voces apagadas y vi un resplandor, promesa de calor. Yo permanecía en la oscuridad, aspirando el humo de leña mezclado con el aroma de las flores y la pureza húmeda del aire. De pronto todo se calentó. Manos pequeñas e iluminadas me acercaron un brasero gigante, un brasero de barro con reflejos de acero de donde se escapaba un fuego salvaje pero contenido, como si hubiera concluido con el hombre un pacto de no agresión, a renovar cada día. Las pequeñas manos (por qué milagro de fuerza podían transportar el inmenso recipiente sin dejarlo caer, no lo sé) lo depositaron junto a mí, cual una ofrenda. Nunca estuve más cerca de la esencia del fuego.

El jefe de familia me saludó y acto seguido lanzó una vaina como de algarrobo gigante sobre el brasero. Esta se contorsionó y, al cabo de algunos minutos, se volvió oscura y blanda como una serpiente negra. Supe entonces que ese sería mi desayuno.

En la mañana, antes de la despedida, la abuela de la casa me ofreció una extraña flor. Es una especialidad de la región. Las flores, pequeñas y brillantes, son despojadas de su tallo natural y corruptible. En su lugar les ensartan un palillo de bambú. Pueden durar así, vivas, muchos meses, incluso años. Casi una metáfora del exiliado.

No me traje la flor conmigo: no hubiera pasado el control sanitario de la aduana. La ofrecí a una muchacha de Chiang Mai. Quedan las imágenes, las palabras.

petitshmongs

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