Heberto (A Belkis Cuza Malé)


Mis ojos amanecían en tus pechos

y yo miraba la luz afuera, tan pesada,

el eco de unas voces tan desordenadas,

el filo de la historia,

sus metrallas, un canto confuso, tan enardecido.

Era el final de unas manos,

y yo escuchaba esa furia que se posaba en mis dígitos,

la dulzura de tus labios

pidiendo calma en medio de la tormenta.

Nunca supe sumarme a la historia.

Nunca supe repetir consignas, memorizar

cánticos patrióticos, adorar filosofías,

caer en trance ante la voz del líder de la manada.

Yo sólo amanecía en tus pechos

y escribía esta historia personal que no concluye.

Yo sólo vivía cada día

esperando el paso de las horas,

leyendo libros prohibidos,

escribiéndolos,

hablando de ti contigo,

escribiendo versos que nadie se atrevía a leer,

manteniéndome fuera del juego inútil de las revoluciones.

Mis ojos amanecían en tus pechos

y la noche se alejaba.

Te veo ahora de nuevo acercándote a mí,

oigo a mis hijos sonriendo entre el humo de un habano.

Renazco por siempre en esta libertad.

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