César Abraham Vallejo Mendoza

El 15 de abril se cumplen 70 años de la muerte de César Vallejo, quien es sin dudas uno de los más influyentes poetas del siglo pasado. Lo descubri en el segundo año de la universidad. Vallejo y los poetas franceses del siglo 19 fueron mis primeras lecturas serias de poesía. El libro de poemas de Vallejo lo compré si mal no recuerdo en una feria del libro en la Habana y lo traje conmigo de Cuba. Fue editado por la Casa de las Américas. Hace poco en la librería Barnes and Noble vi una edición de sus poemas traducidos al inglés y estuve tentado a comprarla, pero me pareció que leer su poesía en otra lengua sería un sacrilegio. Cuando estuve en París el año pasado me hospedé en Le Meridien Montparnasse, a un par de cuadras del Cementerio Montparnasse donde está enterado Vallejo. Recuerdo que no encontraba la tumba y tuve que preguntarle a un señor que trabajaba en el cementerio. Me dijo en inglés, “Yes, I know where he is.” Fue el primer día de mi estancia en París, un dia nublado, con aguacero. Aquí les cuelgo dos poemas:

Piedra negra sobre una piedra blanca

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia y los caminos…


Poema para ser leído y cantado

Sé que hay una persona
que me busca en su mano,
día y noche, encontrándome,
a cada minuto, en su calzado.
¿Ignora que la noche está enterrada
con espuelas detrás de la cocina?

Sé que hay una persona
compuesta de mis partes,
a la que integro cuando
va mi talle cabalgando
en su exacta piedrecilla.
¿Ignora que a su cofre
no volverá moneda que salió
con su retrato?

Sé el día,
pero el sol se me ha escapado;
sé el acto universal
que hizo en su cama con ajeno valor
y esa agua tibia,
cuya superficial frecuencia es una mina.
¿Tan pequeña es, acaso, esa persona,
que hasta sus propio pies así la pisan?

Un gato es el lindero entre ella y yo,
al lado mismo de su tasa de agua.
La veo en las esquinas,
se abre y cierra su veste,
antes palmera interrogante…
¿Qué podrá hacer sino
cambiar de llanto?

Pero me busca y busca.
¡Es una historia!.

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