Hambre

En la cima de un árbol alto y casi sin ramas hay un nido lleno de diminutos huevos. La madre los cuida: se mueve de un lado para otro, nerviosa, preocupada. De pronto siento hambre y sacudo el árbol. Cae un huevo en mi hombro derecho. Se rompe. Lo recojo, esperanzado en saciar mi apetito. Pero en vez de yema amarilla, me encuentro con una masa babosa y negra. Es un pichón sin alas, con mucho mas de ratón que de ave, torpe en sus movimientos, pero con un pico largo y afilado y ojos enormes. No se que hacer con el animal. Comérmelo no puedo. El también tiene hambre. Con el pico me ha hecho heridas en la mano y se alimenta de mi sangre. Busco un lugar donde darle refugio. Encuentro un orificio en la parte inferior de un muro de ladrillos. Escondo el animal con mucho cuidado. Al verse rodeado de tierra comienza a comérsela. Lo miro por un instante y luego me voy, más hambriento que nunca.

18 de enero de 1991

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